sábado, 30 de mayo de 2015

Cuando el mueble no soy yo





Doña Catalina es una mujer coqueta. Tiene 73 años y odia que la llamen doña; es jóven aún. No se casó porque no quería ser una esclava de la casa. Le gusta mucho viajar e ir al teatro. Lee novelas de misterio a la hora de la siesta, cuando todo queda tranquilo. Todo esto en realidad yo no lo sé, porque ella no lo dice. Nadie le pregunta. Imagino estas cosas sobre ella mientras la miro sentada en la consulta de la neuróloga a la que acompaño hoy. Catalina no es mi paciente ni tendré la oportunidad de conocerla, así que invento su historia. Es algo que a veces me gusta hacer.


Catalina entra en la consulta mirando al suelo, suspirando y con la mirada perdida. Tiene una expresión triste, muy triste. La auxiliar la invita a sentarse. También entra su hermana y es a ella a quien se dirige la neuróloga. 

"¿Como está?" dice. La hermana de la paciente tarda unos segundos en contestar; imagino que no está segura de si debe contestar por Catalina.

La entrevista transcurre con las preguntas habituales: "¿sale sola a la calle? ¿se pierde por sitios conocidos? ¿se viste y se ducha sola? ¿comete errores cuando cocina una receta que domina? ¿reconoce vuestras caras?..."

Catalina mira al suelo y a sus manos, a veces a la mesa. Sus ojos están húmedos, pero no rompe a llorar. Suspira de vez en cuando pero bajito, sin interrumpir la conversación. La neuróloga aún no se ha dirigido a ella. 
Yo la miro de hito en hito. Veo la tristeza pintada en su cara. Creo leer algo de angustia. Me pregunto si se siente perdida. Me parece que sabe que ella es la paciente, pero no sé si sabe porqué la doctora la ignora.

Antes de que entrase en la consulta, yo ya sabía la sospecha diagnóstica: enfermedad de Alzheimer. Le habían hecho un test y varias pruebas: RMN, punción lumbar, y hasta un test genético. Todo era compatible. Hoy el objetivo de la consulta es confirmar la progresión clínica e informar del diagnóstico.

Pero aún nadie se ha dirigido a ella, a la paciente. La miro. Está triste y tiene una demencia. Pero está en la consulta y parece que aún conserva el contacto con el entorno. No está en una fase avanzada, aún sabe quien es y que ha venido al médico.
La entrevista continúa. Aún no le hemos preguntado a Catalina como está. No le hemos pedido permiso para preguntarle a su hermana sobre cómo la ve. La paciente está sentada en la consulta pero igual habría dado si no hubiera venido. La etiqueta de demencia a entrado en la consulta antes que ella y la hace invisible. Sorda, muda, irrelevante, tonta.

Catalina tiene una demencia de Alzheimer, pero la enfermedad aún no se ha apoderado de ella. Es jóven y seguramente aún consciente de lo que le está pasando. Debe estar asustada, tener preguntas. ¿No es ella la paciente a la que nos debemos dirigir? ¿No es sobre ella sobre la que estamos hablando y decidiendo? ¿Por qué hemos dejado de tratarla como una persona? 

Pienso todo esto mientras la neuróloga sigue haciendo preguntas y confirmando la sospecha. "Tiene despistillos" dice su hermana. "A veces al vestirse elige ropa que no es adecuada. Otras veces se equivoca con los ingredientes del cocido, cuando tiene una receta familiar que repite continuamente". Sobre todo, dice, les preocupa que tiene días de ánimo muy bajo. A veces no quiere comer.

La neurologa termina de escribir su informe y mientras lo recoge de la impresora, dice con tono monocorde "su hermana tiene Alzheimer". La aludida no cambia la expresión. La doctora entonces se sienta, y se toma la molestia de mirarla a la cara: "pero eso ya lo sabía, ¿verdad?". De nuevo la hermana de Catalina tarda en contestar. Ahora su rostro se altera un tanto. "Lo sospechábamos si, pero..." No continúa la frase. Supongo que querría decir que mantenían la esperanza de que no lo fuera, que aún es jóven... pero la neuróloga ya está mirando de nuevo al informe, y hace un rúbrica mientras explica que hay que poner tratamiento para evitar la progresión."Nos veremos en 6 meses" concluye.
No le dice que el Alzehimer no se cura y que les espera una época difícil; supongo que lo considera innecesario, ya que eso todo el mundo lo sabe... no se detiene a explicar mucho más, tampoco es cuestión de desanimar.

Mientras ocurre todo esto Catalina sigue actuando como el mueble que al parecer se supone que tiene que ser. Hasta que la neuróloga y su hermana se levantan, y entonces ella levanta la vista y de repente reacciona, "¿Tengo Alzheimer, doctora?" pregunta. Sus ojos ahora reflejan preocupación... y miedo. 

Ahora ya no es un mueble. Los muebles no hablan. Miro a la neuróloga, que por fin se dirige a ella.

"No, no, que va. Usted tiene fallos de memoria que hay que tratar. Le vamos a poner unas pastillas para que esté mejor" 

.....

Catalina mira a su hermana; parece no comprender. Salen de la consulta invitadas por la neuróloga, que después se sienta de nuevo al ordenador. La auxilar coje un folleto de un montón en el que reza "Consejos para familiares de pacientes con Demencia Alzheimer en fase moderada" y lo mete dentro de un sobre junto con el informe, que entrega a la hermana de Catalina.

Mientras a mi lado la adjunta revisa la historia clíníca del próximo paciente, yo aún pienso en Catalina. Pienso en sus ojos y en su rostro, donde ví emociones que no se han sabido abordar. Pienso en cómo tanto Catalina como su hermana han aceptado sin rechistar el rol que se les ha asignado durante la consulta. Pienso en las veces que he visto entrevistas parecidas, en el principio de autonomía y en el aún tremendamente presente paternalismo médico.
De repente noto que me duele la lengua... debo haber estado mordiéndomela los últimos 20 minutos.

10 comentarios:

  1. Pues sí..... casi no nos queda lengua, verdad? :-(

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    1. Uff, descraciadamente frecuentes estas consultas en el hospital...

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  2. Es duro ser testigo de algo así... ser todos los días...
    Sólo esta bien para aprender... lo que nunca debes hacer...

    y cuidate la lengua que la tendrás que usar para dirigirte a muchas y muchos pacientes, para preguntarles cómo están, para hablarles de tu a tu, para explicarles, para darles esperanzas fundadas...

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    1. Es desgarrador ver la deshumanización de algunas consultas hospitalarias... Si lo más bonito de nuestra profesión es conectar con las peronas, ya lo decía Patch Adams :o) Un abrazo Maxi y gracias por pasarte!

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  3. Muy bonita la reflexión. No somos números ni muebles, tenemos que pensar que puede ser nuestra mama, nuestra abuela. Me gusta tu blog.
    Otro médico de Badajoz

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  4. Enhorabuena, Belén, por tu mirada y tu pluma. Un abrazo. Javier Segura

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    1. Javier, que ilusión tu comentario, muchísimas gracias! Viniendo de ti, jolín! jeje

      Nos leemos! ;)
      Un abrazo!

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  5. Me ha gustado mucho tu relato...enhorabuena. Que no se te ocurra perder nunca esa forma de sentir: te hace ser especial y lo mejor aún: hará que todos tus pacientes sean especiales

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  6. Gracias por compartir un relato tan bonito. Creo que servirá mucho para reflexionar.
    Saludos

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