viernes, 6 de junio de 2014

A mis Resis Peques

Nuestra cueva particular en el hospi
 En mi hospital las guardias de urgencias para los residentes se dividen en 2 partes. Las guardias de triaje o baja prioridad tipo consulta médica, y las guardias de boxes o de alta prioridad (urgencias de verdad – casi siempre). Las guardias de triaje se reservan para los R1, y yo ayer hice la última. La nueva promoción de resis se ha ido incorporando estas últimas semanas, y han estado viniendo de “mochilas” a las guardias para ver el funcionamiento y tener un primer contacto con alguien cercano de referencia. A mi me ha tocado ser “profe” un par de veces y después de esta experiencia, hoy me apetece dirigirme a toda esta gente, mis “Rs” pequeñ@s.

Me vais a permitir que me centre un poco más en quienen han elegido MFyC porque seguirán un camino más parecido al mío y que hable en femenino, ya que todas las que han elegido mi hospital este año, son “ellas” :) Sirva también para cada resi que empieza este año que encuentre en estas palabras algo con que quedarse.

Mis queridas Resis pequeñas: aunque éste sea nuestro apelativo cariñoso para vosotras, sabed desde el primer día que no sois pequeñas, si no GRANDES. Sois grandes por haber llegado hasta aquí y (si me permitís un gesto algo vanidoso) por haber elegido esta maravillosa especialidad que es Medicina Familiar y Comunitaria.

Los primeros pasos como médicas de verdad, detrás de los libros y enfrente de una mesa y de un paciente real, son difíciles. Tendréis miles de dudas, inseguridades, olvidaréis cosas tan básicas como hacer una exploración neurológica a un paciente que llega con mareo, o preguntar por el hábito de fumar a una persona que acuda por tos de varios días. Querréis apuntar todo para no olvidar nada, y aún así os preguntarán por las constantes o las alergias, y no será lo único que os haya faltado por indagar. Las primeras guardias son estresantes, duras, experimentas un cansancio físico y sobre todo mental al que probablemente nunca te hayas enfrentado antes y sientes que detrás de ti hay miles de ojos inquisidores esperando a que cometas algún fallo para reprochártelo o recordarte que realmente no sabes nada. Te darán miedo l@s adjunt@s y también los y las pacientes. Queridas resis pequeñas, no pasa nada, ¡es normal! Aquí donde me ves y me has visto, segura y resuelta, comentando pacientes en el pase de guardia o discutiendo formas de actuación con alguna adjunta, también he sido (y aún soy) torpe y olvidadiza, he sido rescatada por enfermería en multitud de ocasiones (y las que quedan!), y he sentido que lo que creí aprender en mis años de carrera, en algún momento entre acabar el MIR y empezar a currar, desaparecieron en un pozo negro irrecuperable. Me he sentido inútil, pequeña, lenta, torpe. Me he planteado mil veces si soy o llegaré a ser alguna vez una buena médica o me quedaré en mediocre tirando a peor. Cuando te sientas así o el estrés o la responsabilidad de tener pacientes a tu cargo te sobre pase, mira hacia arriba a tus Rs mayores y piensa que todo eso lo hemos pasado antes, que estamos ahí para echarte un cable con lo que sea (¡¡no existen las preguntas tontas!!) y que aún nos sentimos como tu en múltiples ocasiones. En estos momentos, párate, respira y apóyate en tus coerres (que están igual de asustadas que tu) y busca ayuda en quienes te preceden y en los adjuntos y adjuntas que tienen la obligación de encargarse de ti, porque NADIE empieza este trabajo sabiendo y TOD@S tenemos derecho a tropezarnos y a conducir lentos y torpes con la “L” puesta.

Las guardias de urgencias, que acaban recayendo principalmente en residentes de MFyC, pueden gustarte más o menos, pero son parte esencial de nuestra formación, primero porque es una de las salidas más comunes al terminar la residencia, y segundo porque durante las mismas estás tu ante tu paciente, cara a cara y sin intermediarios. Desde el primer momento empiezas a manejarte con la entrevista clínica y la exploración, adquieres al paciente como tu responsabilidad y despierta poco a poco la médica que llevas dentro (que está por ahí, de verdad). Lo bueno de empezar por guardias de baja prioridad, es que son pacientes con quejas como las que se resuelven diariamente en atención primaria, o sea que son perfectas para adaptarte al tipo de consulta y paciente que verás en tu centro de salud.

Durante las rotaciones, estarás siempre tutorizada, casi de la mano, y aprenderás de ver-escuchar-compartir, pero nada comparado con el salto al vacío y sin paracaídas de las guardias de urgencias. Ése va a ser el verdadero despertar como R1, y será brusco. De nuevo para, respira y piensa en esto:
eres GRANDE, pero has de hacerte pequeña. Pequeña para no centrarte en ti y en tus dificultades si no en cada paciente y su sufrimiento. Toda persona que viene a urgencias sufre. Muchas serán quejas banales que criticarás, pero piensa siempre con humildad, con perspectiva: la mayoría de pacientes no tienen formación sanitaria y nadie se ha parado a educarles en ello. Aprovecha las consultas banales para aprender a hacer una buena historia clínica, para explorar todo lo que te apetezca y palpar y escuchar lo que es normal. Aprovecha para fijarte en las caras y diferenciar la preocupación del miedo, el dolor de la queja, la desconfianza de la incomprensión. Aprende a conocer a la persona que necesita un tratamiento únicamente basado en escucha activa, y a la que tiene un problema social de base que condiciona toda su patología médica. Indaga en los rostros, expresiones, actitudes y destapa motivos ocultos de consulta, reconoce a las personas que solo buscan consuelo o información que ningún especialista le ha sabido transmitir, y a las que hay que educar para acudir antes a su centro de primaria que al servicio de urgencias (que también es nuestro trabajo!).

Aprende a preguntar siempre a cada paciente su opinión sobre el tratamiento que quieres ponerle, sobre las pruebas que vas a realizar, tómate tiempo para aprender a dar información inteliglible para personas sin formación médica (que somos muy de palabrejas!), busca las señales que te permitan darte cuenta de que algo no va bien; puede que no te estén entendiendo o que no estén de acuerdo con tu proceder.

Aprende a respetar la intimidad cuando explores, nunca dejes que tu mirada refleje tus prejuicios, oculta toda mueca de desagrado ante el mal olor y la higiene deficiente, ante el cuerpo deteriorado por los malos hábitos o la vejez y la enfermedad, porque ese es el perfil de pacientes que quizás más necesite de tu atención, de tu compromiso. No es el cuerpo limpio y cuidado el más enfermo. Elegiste una especialidad al lado mismo del sufrimiento, la miseria y la distocia social. 

Recuerda el principio de autonomía que tanto nos machacaron en la carrera, ahora debe ser tu máxima, así como el de no maleficiencia. Tu paciente tiene derecho a decidir sobre lo que se va a hacer, tiene derecho a rechazar la analgesia, a quedarse en el hospital, o incluso un pinchazo. Nunca juzgues porque cada cual tiene sus circunstancias y sus prioridades, y a pesar de ello tu nunca debes abandonarles ni repudiarles. Respeta de verdad su derecho a tomar alternativas y ofréceselas, nunca hay un solo camino correcto ni el nuestro es siempre el mejor. Aunque parezca mentira, es peor una mala comunicación que un mal proceder. L@s pacientes entienden y perdonan los errores, que los cometerás (que haya que pinchar 2 veces por que se te olvide pedir un tubo, que pidas una radiografía al paciente equivocado...) pero no hay escusa si no has contado con su opinión o no le has informado en todo el proceso. Ponte en su piel, seguro que alguna vez has estado en urgencias como paciente.

Utiliza la sonrisa y la empatía como armas contra el cansancio, el estrés y la incertidumbre. Comunícate con cada paciente con honestidad y humildad, reconoce ante ellos tus limitaciones propias y las del servicio en el que trabajas (entenderán que urgencias no es el sitio idóneo para iniciar un estudio de un proceso prolongado en el tiempo). La mayoría entienden e incluso agradecen que les hables con claridad, sin ocultar nada por miedo a parecer mal profesional o poco resolutivo. Y quienes no lo entienden, tienen un problema de frustración que no debes hacer tuyo.

Recuerda: sonríe, observa, mira a los ojos, nombra, escucha de verdad, comunícate con honestidad y de igual a igual, acércate sin prejuicios. Hazte respetar sin imponerte; deja claro que los apelativos chiqui, guapa, nena o similares no son los adecuados si vislumbras una connotación que no te gusta. Es necesario que te vean como a una profesional para que tomen en serio tus recomendaciones y entiendan que están siendo atendidos por alguien con conocimientos adecuados para resolver o al menos orientar su problema. No dejes que pregunten “¿y cuándo vendrá el médico?” ¡Preséntante!

Y si has llegado hasta aquí, tras esta parrafada, espero sinceramente que encuentres en ella algo que te ayude a aprovechar este primer año de chocazo contra la realidad de esta maravillosa pero intensa y compleja profesión, sobre todo si has sido tan valiente y afortunada de elegir MFyC. No es una profesión fácil, pero si lo que describo por ahí arriba te ha puesto los pelos de punta en algún momento créeme que no te has equivocado. Ninguna como la nuestra para contactar con la humanidad de otra persona de manera tan intensa y gratificante. Ninguna tan cerca, tan de la mano, tan orientada a manejar cada rincón del ser humano (bio-psico-social-espiritual), sin excepción, sin “largadas”.

Gran responsabilidad, gran exigencia de compromiso pero también inmensa y continua satisfacción tras cada sonrisa, apretón de manos, o agradecimiento de ese o aquella paciente.

¿Miedo? No!! Ahora empieza LO MEJOR.



Con cariño,

tu resi mayor (que aún se siente pequeña)

lunes, 27 de enero de 2014

El hombre invisible


Me pongo a escribir estas líneas hoy porque necesito hacerlo. En mi cabeza se amontonan pensamientos, sentimientos, palabras a las que tengo que dar forma, para despedirme de alguien que se ha ido sin avisar, alguien que no tenía que haberse ido aún.

Pasé en la facultad de medicina 6 años de mi vida. Aún recuerdo muy bien el día que entré, la sensación con la que pisé por primera vez el edificio. Recuerdo el cúmulo de emociones que se arremolinaban dentro de mi aquellos primeros días, lo feliz que me sentía, lo afortunada que me creía por haber conseguido llegar a ser alumna de medicina.
De la facultad tengo muchos recuerdos, muchísimos. Cuando pienso en ella veo un edificio amarillo que aunque ahora se cae a cachos, fue una casa para mi. Veo las caras de parte del profesorado, quienes más sonreían, aquell@s que me trataban como a una igual o quienes con sus ojos ponían fe en mis aptitudes. Recuerdo al personal de reprografía y cafetería, personas que nos salvaban la vida a base de recolectar nuestros apuntes o proporcionarnos esa tostada que sabía a gloria tras una clase infumable. Me quedé con sus sonrisas, sus maneras amables, su empatía para con nuestro sufrimiento cuando no salían los temas a tiempo o el café no llegaba en los 5 minutos que teníamos de descanso.

Había una persona en la facultad que para mí era casi el espíritu mismo del edificio y del cual dependía su funcionamiento. Una persona sin la cual yo no puedo imaginarla, sin la cual me cuesta pensar que pueda seguir adelante sin desmoronarse. Hoy esa persona ha fallecido.

Y yo no me lo puedo creer.
No puedo creer que ya no esté allí. No puedo creer que la facultad pueda seguir funcionando sin él. No puedo imaginar mi facultad si él no está de un lado a otro, siempre con algo que solucionar entre manos.

Pedro sonreía siempre de forma socarrona. Pocas veces estaba quieto en un sitio, y jamás le vi sentado. Cuando le buscaba fingía que detestaba que le diera trabajo, pero nunca me sentía tan segura y tan tranquila como cuando sabía que las cosas que tenían que hacerse dependían de él. Era una de las personas más trabajadoras, eficaces y humildes que he conocido en mi vida. Y no era profesor ni tenía título. O sí lo tenía, pero yo nunca lo supe. Porque era muchísimas cosas. Era el hombre para todo, el que se conocía cada rincón del edificio, cada defecto, cada necesidad. Controlaba la ocupación de las aulas, los equipos audiovisuales, el mantenimiento. Nunca supe cuales eran exactamente sus competencias porque cuando tenía una petición para él, siempre la asumía. Él no era un "búscate la vida" o un "ven a pedírmelo después del café". Era una mirada comprensiva a lo que para mi era necesidad, una mano dispuesta, un "si se puede".

Yo quise dejar huella en la facultad desde el consejo de estudiantes. Quería llevar a cabo proyectos, tenía ideas, soñaba con un alumnado implicado en su formación, con cambiar la tendencía a tragar lo que masticaba por nosotr@s el profesorado y otras personas interesadas en llevar las riendas. Quería sembrar vocación, ilusión por una meta. Quería que se nos escuchase y se nos pusiera como protagonistas en lugar de como espectadores/as. No era fácil llevar a cabo esa tarea, ni sacar adelante las actividades que se nos ocurrían. Pero siempre tuvimos un aliado maravilloso. Pedro era la primera persona a la que yo acudía con alguna de esas locas ideas, y él las escuchaba, las criticaba, les ponía pegas, y después las hacía realidad. Aunque no lo habría reconocido nunca, disfrutaba echándonos una mano, se encargaba personalmente de que todo fuera según lo previsto. Era un tremendo crack. Y yo le admiraba.

Recuerdo que un día le dije que él era quien llevaba las riendas de la facultad y se rió. Le dije que sin él la facultad no podría funcionar porque yo realmente creía que era verdad. Quise que fuera nuestro padrino de promoción, quise invitarle a la graduación porque él me había ayudado y enseñado mucho más que la mayoría de los candidatos. Pero sólo era el conserje (no me puedo creer que sólo tuviera ese título). ¡Claro que estará en la graduación! - me dijeron - Entre bastidores.

Y él se encontraba a gusto allí, en las sombras, entre bastidores. Nadie se fijaba en él ni en su trabajo porque no era protagonista de nada. Pero lo hacía posible todo. TODO.

Hoy los periódicos hablan de él como un hombre de mediana edad, el conserje de la facultad de medicina, un paciente del hospital, una víctima de una de esas enfermedades que encajan bien en un titular. Su fallecimiento es titular, su edad, incluso su nombre. Pero no hablan de él. Ningún periódico habla de él.
Me pregunto si en la facultad lo harán. ¿Habrá algún acto oficial, pondrán su nombre a algún aula? ¿Sería así si el fallecido hubiera sido un profesor o profesora? Muy probablemente si...

He decidido escribir sobre él porque nunca le dije lo mucho que me ayudó en mis años como estudiante de medicina. Nunca le dije cuánto le admiraba por hacer su trabajo como nadie, por su disponibilidad, por sus formas, porque jamás lo dejaba para luego, porque echaba más horas que nadie a pesar de lo poco que se le valoraba y agradecía. Pedro era invisible y lo sabía pero debía adorar nuestra facultad y creo firmemente que adoraba a sus estudiantes.

Para mi, su ejemplo fue una de las lecciones más importantes que me llevé de aquellos años. Su forma de trabajar incansable, desde las sombras, con la satisfacción de un resultado exitoso como única recompensa. Sin laureles, sin gloria, sin titulares, sin reconocimiento. No era médico ni salvó vidas (o eso creo) pero dejó huella en algunas. Al menos lo hizo en la mía.

De verdad y de corazón espero que lo sepas, Pedro. En tu vida quizás fui una anónima estudiante, una más de tantas que viste crecer y salir de allí titulada. Quizás supe hacerte llegar lo mucho que me ayudaste esos años, lo mucho que me allanaste el camino y las fuerzas que me diste para perseguir mi meta.

Irónicamente te despides de la facultad y de este mundo en un titular. Este es mi humilde homenaje, porque es tu vida y no tu muerte lo que dejará huella. Para mi hoy la facultad queda vacía de espíritu y vacante de corazón. GRACIAS Pedro por haber formado parte de su engranaje tantos años. GRACIAS por todo lo que hiciste posible con tu esfuerzo. GRACIAS y hasta siempre. Mil gracias.


miércoles, 4 de diciembre de 2013

El futuro en buenas manos

Hoy hago uso de mi espacio en el mundillo virtual para traeros un trocito de una entrevista que me ha encantado de la revista MyS (Mujeres y Salud) que acabo de descubrir. Lo extraigo y lo copio en el blog porque es una conversación que refleja muy bien muchas de las ideas que tengo yo sobre esta especialidad, algunas que ya he compartido por aquí, otras que me gustaría transmitir a mis compis del resto de especialidades, y la mayoría muy dialogada y compartida con mis colegas residentes de familia y médic@s de atención primaria.

Para mi es un lujo comprobar como en muchos sitios los valores de esta especialidad se discuten, se descubren y se atesoran. Las compañeras que dialogan en esta entrevista reflexionan entre otras coas sobre el desconocimiento que se tiene de la atención primaria debido en gran parte a la escasa o nula formación al respecto en el pregrado, sobre la escasa relación entre sus objetivos de aprendizaje y los que se nos imponen, y sobre la característica principal y diferenciadora del profesional de atención primaria que es la atención integral de la persona en su contexto vital.
Las residentes hablan de la formación hospitalaria y lo diferente que es la perspectiva con respecto al CAP, reflejan lo (como mínimo) perdid@s y desencajad@s que nos sentimos a veces...

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       El futuro en buenas manos
Extracto de la conversación en torno a la profesión de médica de familia  mantenida entre las médicas senior (MS), médicas jóvenes (MJ) y médicas residentes (MR) del CAP de La Pau, Barcelona.

            

Pilar Babi (MS): La idea de reunirnos hoy tiene dos antecedentes: uno es que la revista MyS me pidió, por segunda vez (la primera se publicó hace unos años) una reflexión sobre la atención primaria de salud y, ante la demanda de un nuevo artículo, me surgió la idea de recabar la opinión de las profesionales más jóvenes. El segundo antecedente es un hecho que me marcó bastante, una anécdota de Noemí que me dijo, en plena época de mayor presión asistencial: “Yo cuando sea mayor no quiero ser como vosotras”.
 Con este intercambio queremos pues entender lo que nos pasa y ser, con estas palabras, altavoz de nuestra realidad. 

Pilar BABI: ¿Cómo estáis viviendo la incorporación a la primaria? ¿Qué pensáis sobre la atención primaria?  

Noemí DE MIGUEL (MJ): Pienso que nuestra profesión requiere una dedicación muy importante, nadie en la facultad nos explicó realmente lo que se trabajaba en la primaria y en qué condiciones, con qué presión. Nadie en la carrera nos enseña a ver a una persona en global, estudiamos síndromes, enfermedades pero no a la totalidad de la persona en sí con la parte social y psicológica, parte que muchas veces es la que más nos sobrecarga porque no tenemos recursos, nadie nos ha enseñado; escuchamos muchas cosas a las que no encontramos solución y nos llevamos esa impotencia a casa. Todo esto me disgusta porque me encanta mi profesión pero cuando veo las listas o veo los objetivos o que me juzgan por números me acude la angustia. Es triste reconocer que yo me decanté por la medicina de familia por su aspecto global, para ver la parte subjetiva y objetiva de las personas, pero a mí sólo me juzgan por la parte objetiva. Tristeza también por la visión que nos considera únicamente derivadores a especialistas.

Victoria CENDRÓS (MR4)- Te encuentras con síntomas que no sabes explicar, que no encuentras la causa, con un montón de problemas sociales, psicológicos, familiares... Tienes que ser psicólogo, saber de entrevista clínica, que tampoco te lo nombran en la carrera y, según el paciente, es complicadísimo. Todo esto lo aprendes en la especialidad y sobre todo en el CAP.
 
Blanca DE GISPERT (MJ)- Es notable la diferencia que existe entre el mundo real del sistema sanitario en el que vivimos y el mundo universitario. El mundo universitario no deja de ser reflejo de la importancia que se le da al hospital y a la formación hospitalaria cuando, en realidad, esto no representa a la mayoría de los médicos que trabajan en el sistema sanitario ni de los pacientes. No deja de ser frustrante que la importancia de la atención primaria no se vea reflejada en la formación de todos los médicos. No se piensa en formarte como médico global biopsicosocial. Lo que nos suele pasar a la mayoría de los médicos que trabajamos en primaria es que nos faltan herramientas, seis años estudiando para no tener esas herramientas que vas adquiriendo con el tiempo. Si en la universidad la primaria no está reflejada, probablemente se debe a que hay una cierta desvalorización de la especialidad en sí.
 
Núria ROS (MR3)- Yo creo que eso está cambiando desde la llegada de la especialidad. Desde los hospitales se promueve el control por el médico de familia... 

Núria CARRERA (MJ)- Ese es el problema que ¡todo para el médico de familia!, como un cajón de sastre.

Elisenda Pigem (MR2)- Sí, la universidad está cambiando, pero el aprendizaje para médico de familia desde el hospital no tiene enfoque, eres tú la que canalizas lo que quieres aprender y lo que no...
 
Belén CARPIO (MJ)- Yo estoy entre las mayores y las pequeñas. Por una parte, la carrera ya esta lejos, añoro la época de residente, que para mi fue la mejor época de mi vida, la recuerdo con mucho trabajo con muchas guardias pero estaba contenta. Tenía la impresión, en el hospital, de que la primaria se  valoraba. Era un hospital pequeño y éramos los únicos residentes. Con los años, la visión me ha ido cambiando, la ilusión y las ganas las tengo, y es lo que me mantiene, pero hay veces que me pregunto ¿cómo se aguanta ésto?. Porque está lo que me enseñaron y luego otro mundo con otros intereses, con objetivos, con números.., que no es lo que me gusta, yo quiero hacer medicina, quiero ver pacientes. Cada vez tenemos menos tiempo por visita, antes podías razonar, dedicar tiempo al paciente, ahora todo va mucho mas rápido... Tengo una cierta decepción. Xesca, que fue mi tutora (para mí es mi maestra) me enseñó la atención al paciente, la atención domiciliaria, la dedicación..., pero ahora con los “objetivos” todo esto se pierde.

Jackeline CASTAÑEDA (MR1): Veo una diferencia en la formación de un país sudamericano a un país europeo. Nosotros siempre estamos con manejo de pacientes desde el segundo año de carrera, y en el séptimo año, que es el último, es el internado, y desde el primer día del año hasta el último estamos sólo en el hospital. Es el peor año pero es en el que uno aprende más. Lo positivo es que tenemos mucho que dar a los pacientes, de lo que somos. Es una entrega diaria. Es gratificante porque no sólo tenemos el don de la palabra sino que tenemos el don de la mirada, de la sonrisa, de la mano, de los gestos...Lo negativo es la carga emocional, acabas muy cargado al final del día, hay mucha responsabilidad, hay pacientes de todo tipo, unos muy exigentes, disconformes, con trastornos de personalidad... Acá todos tienen acceso a la Seguridad Social, allá no es así, por lo que acá son muy demandantes.
Una cosa que a mí me ha ayudado es ponerme en el lugar del paciente. Creo que si alguna de nosotras ha ido a una consulta médica, al menos yo, siente ansiedad, temor, entonces lo mejor es ponerse en el lugar del paciente para ver como se sienten. Y otra cosa más, cada vez que una sienta que flaquea, que las fuerzas se le van o que ya no puede más hay que pensar y recordar por qué está donde está, qué es lo que le llevó a hacer lo que hace. 

PILAR BABI ¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué escogiste esta especialidad?
 
Marita GUARNER (MS)- Yo claramente escogí medicina porque quería ayudar a los demás, es lo que a mi me movía. Me movía por venir de una saga de médicos, claro, yo desde pequeñita acompañaba a mi padre a Sant Pau los domingos por la mañana, entonces mi padre pasaba consulta y nosotros corríamos por allá.
 
Núria ROS– Nosotras mismas tendemos a decir ”no, no, esto al especialista”. ¿Cómo que el especialista? Nosotros también somos especialistas. Claro que hay que derivar, pero derivar al cardiólogo, al oftalmólogo, no al especialista, porque ellos son especialistas igual que yo.

Pilar Babi: El la vorágine de las dificultades, nos olvidamos de las cosas esenciales...

Xesca PEÑAS (MS)- Yo creo que nuestra especialidad tiene un privilegio
respecto a las demás y es que nos sitúa en el contexto de las personas
. En la facultad te enseñan los síntomas que conforman la enfermedad pero resulta que aquí no viene una enfermedad, viene una persona y, en su salud o en su enfermedad, te explica lo que siente, lo que vive, las dificultades relacionales, sus propios síntomas de disfunción del cuerpo. Puede tener una úlcera que le esté produciendo el dolor, pero en este dolor también influyen otras cosas, y nosotros tenemos la capacidad de separar una cosa de la otra. Y eso lo vas adquiriendo con el tiempo, con la práctica, con la reflexión, con el estudio, con el compartir con los compañeros. Entonces los pacientes y los profesionales nos encontramos; ellos tienen sus vivencias y nosotros tenemos las nuestras, y yo creo que en esta relación hay una influencia mutua y un enriquecimiento mutuo. Los pacientes no sólo traen su dolor, traen sus vivencias, traen una serie de cosas que si uno está atento lo puede reconocer, lo puede interpretar y se pueden poner en común. Lo negativo es el contexto en el que tenemos que ejercer la profesión. Hay tantos ruidos externos que a veces nos hacen perder esa capacidad. Como tenemos que trabajar en un sistema organizativo, pues resulta que el sistema organizativo cada x tiempo va priorizando una serie de cosas, pues bien, ahora se prioriza el registro de no-se-qué, prioridades ya no son los criterios que tú tenías como profesional y que tú valoras sino que son el número de visitas o la no demora, la accesibilidad... Son cosas que distorsionan mucho el día a día y que hacen que en estos momentos una se cuestione cómo está trabajando, cómo le ven los demás, tanto los pacientes como el resto de los compañeros. Y luego, la otra cosa es que me gustaría transmitir a las residentes jóvenes, los  valores de nuestra especialidad, y que se aunaran esfuerzos para que esos valores prevalezcan....

Laura LUQUE- (MR4) – Yo en el hospital estaba muy agobiada, sobretodo en las guardias, las llevaba muy mal: ves un paciente sin saber nada de él, y luego se va a casa y ya no sabes nada más; a veces tenía que dar las altas un poco forzada por el adjunto, no se valoraba la situación social del paciente. Me iba pensando: “ahora este hombre se ha ido a su casa, saldrá a la calle...” Entonces para mí venir al CAP era como volver al paraíso...

Núria Carrera- ...tenía claro lo de médico de familia, ... me gustaba sobre todo la vertiente social. Y es verdad que cuando estuve en el hospital pensé “esto no es lo mío”. Porque “Oye, hay un pie en la habitación 204 y una mano en...” ¿Cómo que “un pie”? Y cuando estuve en el ambulatorio y tuve la suerte de tener un  tutor espectacular y en un barrio también conflictivo, me di más cuenta aún. Por ejemplo, teníamos un paciente que venía todos los días a pincharse la insulina porque él no sabía pincharse, pero cada vez que iba al hospital salía con insulina y el médico del hospital diciéndole que cómo su doctor no se la recetaba... Son estas cosas que dices “es que en el hospital no se enteran de la misa a la media” Yo creo que esta es la gran suerte del médico de cabecera, que está en el  contexto de las cosas.
Para mí el problema es el no tener tiempo, y tener que renunciar a cosas que harías. A mí me encantaría saber de todo, pero no puedes saber “mucho” de todo, y me tengo que conformar con saber un poco de todo... 

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La entrevista continúa y tiene un par de aparados más muy interesantes. Lo podéis leer entero aquí. Por mi parte os he traído al blog lo que me parecía más interesante y más acorde con lo que quiero transmitir.

Compartir esta entrevista me parece una buena manera de iniciar una serie de reflexiones sobre la formación de los residentes de atención primaria y un diálogo con el resto de residentes y tutores de otras especialidades, ya que parece que lo que se comenta en ella engloba preocupaciones compartidas por residentes MFyC de todo el país, y ya que se nos acusa de ir de víctimas y de demonizar al hospital y al resto de especialidades.

La residencia en MFyC tiene particularidades que en mi opinión se tienen muy poco en cuenta en los hospitales que acogen buena parte de nuestra formación, incluso en nuestras unidades docentes (ver si no esta reflexión que comparten desde un centro de salud).
Además parece generalizado considerar que como trabajadores del primer nivel asistencial no tenemos nada que aportar a quienes ejercen en el segundo nivel.

Con estas dos premisas no es de extrañar que exista una sensación generalizada de desvalorización de nuestra especialidad, de no-pertenencia equipo hospitalario, de ser el último mono...

En mi opinión solucionar este problema no es algo que interese solo a la especialidad de atención primaria si no que enriquecería enormemente al personal hospitalario y al sistema de salud, ya que abriría una puerta al aprendizaje bidireccional y permitiría mejorar la eficiencia basada en un trabajo en equipo real. 

Que en el hospital se reconozca que se tiene algo que aprender de los centros de salud es la segunda parte del trato, indispensable para optimizar la formación del residente de atención primaria e indudablemente la del residente hospitalario. En el ámbito ambulatorio se viven circunstancias con el paciente que no se viven en un hospital y que muy probablemente confieren habilidades que marcarán la diferencia entre el éxito y el fracaso del acto terapéutico de un especialista.

El problema seguramente resida en que esto último no se lo cree casi nadie. Y quien no haya pasado por un centro de atención primaria con mucha más probabilidad...

martes, 8 de octubre de 2013

La Trampa


(Des)Querido gobierno:

Me han convertido en una tramposa.

Yo trabajo en un Centro de Salud. Soy médica residente de una especialidad que poco les importa a ustedes, y en la que cada año invierten menos, pero que a mi me encanta. Y me encanta porque entre otras cosas, resulta que en esta especialidad conozco y visito a muchas personas a las que cuando atiendo miro a la cara, a los ojos. 
Atiendo a personas que cuando se sientan en la consulta hablan con los labios pero también con el cuerpo, con las manos y con la mirada. A veces lloran. Otras veces ríen. 
En mi trabajo damos noticias buenas, malas y regulares todos los días. Y atendemos a todo el mundo. 
La mayoría de la gente que acude a mi centro de salud es gente del barrio, gente con más o menos recursos, pero con tarjeta sanitaria. En esos casos podemos hacer muchas cosas, tenemos bastantes recursos (otra cosa es cómo funcionen, pero de esto mejor hablamos otro día). Pero a veces, las menos, atendemos a gente que no la tiene. Esa gente que según ustedes viene a aprovecharse del sistema sanitario, gente que no interesa, gente que molesta. Y vienen de urgencias, claro.

Hoy visité a una mujer joven. Le interrogué y la exploré lo mejor que pude. En el reconocimiento, mi tutora y yo encontramos algo que no nos gustó. Cierto que no nos pareció nada urgente, pero como profesionales de la medicina creímos pertinente pedir un estudio, porque aunque puede que sea algo que nunca tenga repercusión ni le dé problemas, nos pareció que había que investigar un poco más. 

La paciente en cuestión vive aquí en España desde hace tiempo, con 2 niños pequeños, aunque en su país ha dejado a otros 4. Tiene muchas ganas de trabajar, y lo intenta, pero siempre que trata de conseguir la legalidad le dicen "suerte" y le dan la espalda. Eso me contó ella. Yo la escuché contar su historia mientras la exploraba, lo que ella me quiso contar. 

No se si lo saben, pero en mi trabajo también escuchamos muchas historias de muchas vidas, todas diferentes y casi todas de esas que te erizan cada pelo de la piel. 

Así pues, como les digo, hoy escuché la historia de mi paciente sin tarjeta. Y en las cicatrices de su cara, en sus manos oscuras y en su mirada triste vislumbré una vida difícil en la que nadie le ha regalado nada. Una vida que ella conquista día a día, sin resignarse, sin flaquear. Pero en su discurso, su voz se quiebra de vez en cuando. En algún momento menea la cabeza y dice "bueno", quizás recordando que en su piel se han grabado tiempos peores.

Cuando terminó de hablar, recogí sus manos oscuras con las mías y le dije que nosotras estaríamos allí para ella, que podía contar con nosotras, que le daríamos soporte y apoyo. Pero cuando quise pedirle una prueba para estudiar lo que había encontrado, no pude ofrecérsela.

No se si se lo he dicho pero en este trabajo a veces tienes que contener las lágrimas.

Y ahora si pueden, díganme ¿qué tengo que hacer en estos casos, señores y señoras del Gobierno? ¿Cuál es mi misión? ¿Debo decirle a mi paciente que su condición de ciudadana de segunda clase no me permite estudiar algo que desde el punto de vista médico, y si hubiera nacido aquí, se le podría y debería estudiar?
No puedo hacer que el nombre de mi paciente sea aceptado por el sistema informático, ni puedo conseguir una cita para ella con radiología, eso es verdad. No puedo controlar todos los pasos necesarios para que mi joven paciente de manos oscuras y ojos tristes pero firmes sea atendida como médicamente considero que debería hacerse. Pero puedo hacer otra cosa.
Puedo hacer trampas.

Quizás ya vayan intuyendo la razón de ser de mi carta...

Hoy les escribo porque quiero que sepan que su ley, esa ley ridícula e indecente que se han sacado de la manga no sirve para nada. O al menos, para nada bueno, ni para lo que se supone que debe servir.
Porque entérense de una vez que una ley que clasifica a las personas en ciudadan@s de primera y de segunda, solo sirve para que yo, como profesional sanitario que me comprometí en su día a velar por la salud de todo aquel que acude a mi, haga un rodeo para no dejar de atender a nadie. Porque donde hay una ley hay una trampa.  

Y sepan que la trampa, muy a mi pesar, le sale más cara al sistema sanitario y se deriva en una mala utilización de los recursos. Y es a eso a lo que nos han empujado. Porque quienes trabajamos en esto creemos firmemente que el acceso al sistema sanitario no es un lujo ni debería serlo jamás para nadie, y si está en nuestras manos, la decisión de tratar o no tratar, de pedir estudios o no pedirlos, no será administrativa sino médica.

El hecho de que mis pacientes tengan o no una tarjeta que diga que son bienvenidos en este país no me importa en absoluto, (des)querido gobierno. Ya hace bastante tiempo que quienes nos dedicamos a la sanidad venimos pidiendo que se nos escuche. No vamos a acatar su ley de desprecio por la vida humana. Hicimos una promesa al mundo y a nosotros mismos en la que nos comprometimos a poner todo lo que esté en nuestras manos para procurar la salud de quien nos necesite. Porque de eso trata la vida ¿saben? de dar lo que se tiene para ofrecer y construir un mundo en el que no existan las palabras exclusión, xenofobia e injusticia.

Ustedes, señores y señoras del gobierno me han convertido en una tramposa. Enhorabuena. 

                                          
                                            Video de la iniciativa #YoSiSanidadUniversal



                                    Vídeo de la campaña #NadieDesechado de Médicos del Mundo. 

domingo, 29 de septiembre de 2013

La revolución que este mundo necesita

A veces me pongo a releer entradas que tengo en borradores, entradas que no me atreví a publicar cuando las escribí, por diferentes motivos. La mayoría las acabo desechando, algunas las modifico. Pero releyendo esta entrada, que escribí en diciembre del año pasado, me ha apetecido compartirla con quienes me leéis sin modificar ni una coma. Aunque hay cosas que quedan un poco desfasadas, la idea general sigue siendo muy actual y hoy me apetece que salga a la luz. Acabo de ver la película de El Pianista y me sigo preguntando cómo puede ser que el ser humano haya cometido y cometa semejantes atrocidades con sus congéneres. Ser consciente de esta realidad me abruma y me aterroriza. ¿Llegará un día en el que nuestro mundo deje de sangrar? Os dejo con esta reflexión...
                                  
El fin del mundo no llegó ayer. Es tremenda la repercusión mediática que ha tenido esta predicción de los antiguos mayas en nuestro mundo civilizado. Ayer ya las redes sociales se llenaban de comentarios bromeando a cerca del tema. Yo solo podía pensar en una cosa. ¿No sería mejor para este mundo que la raza humana dejase de verdad de existir?

Y es que tenemos que admitir que desde que estamos aquí lo único que hemos hecho ha sido joder a lo grande a nuestro planeta. Nos hemos cargado bosques, ecosistemas, especies enteras de animales. Hemos esclavizado a nuestros semejantes, participado en guerras y aniquilaciones en masa de grupos minoritarios, hemos arrasado culturas enteras y seguimos... Después de miles de años seguimos siendo bestias, seguimos discriminando, odiando, llevando la violencia allá por donde pasamos.

Es muy doloroso. Me duele levantarme por las mañanas y ver las noticias. Me duele ver los bombardeos en Gaza, el asesinato de 20 niños y algunos de sus profesores y profesoras en un colegio en el país supuestamente más avanzado del mundo, la situación de las niñas en países como la India, la absoluta indiferencia de los gobiernos ante el sufrimiento de las personas, ante los suicidios, ante la desprotección que sufren...

Estudio cada día con el pensamiento de llegar a trabajar como médica, de ser útil a la sociedad, de colaborar en construir una sociedad justa para tod@s, de poner mi granito de arena y poner por fin mis manos, mis conocimientos, mis habilidades y mi corazón al servicio de la sociedad que me ha formado con el dinero de cada ciudadano y ciudadana de este país.

Y cada día me acuesto con la sensación de que este mundo, poco a poco, se está yendo al carajo. Irremediablemente, y sin que no hagamos absolutamente nada por cambiarlo. Nos empapamos de noticias que nos acongojan, que nos hieren y nos revuelven, pero después apagamos la tele o el ordenador y seguimos a lo nuestro. La vida sigue siendo injusta para las millones de madres que tienen que ver morir a sus hij@s de hambre, para los y las inmigrantes que trabajan día a día para labrar un futuro para su familia y que ven como sus derechos se reducen cada vez más, cómo cuanto más honrado seas, más sales perdiendo...

¿Por qué, por qué? ¿Por qué hemos construido un mundo tan terrible? ¿Por qué nos encaminamos hacia nuestra destrucción? ¿Por qué somos cada vez más egoístas, más individualistas, más ...?

Mi hermano pequeño es ahora adolescente, y entra en esa etapa de la vida en la que te cuestionas tu existencia, tu estatus, la sociedad en la que vives... Mi hermano convive cada día con esas terribles noticias y en su interior crece la pregunta que much@s nos hemos hecho alguna vez, y nos continuamos haciendo. ¿Qué puedo hacer yo para cambiar el mundo? Este mundo rastrero, egoísta, injusto, triste. Y se frustra porque se siente impotente. Se siente solo, incomprendido, abrumado por una sociedad que solo se preocupa por consumir, por retener, por acumular. Una sociedad que sólo se preocupa de lo propio y jamás se ve reflejada en los ojos del prójimo. ¿Hasta cuándo vamos a continuar así? ¿Hasta cuando vamos a desoír el dolor de nuestros congéneres, a ignorar su sufrimiento? El mundo necesita cambios, necesita revoluciones. No revoluciones con armas, que de esas ya ha habido muchas, y son las que nos han dejado este legado de miseria... No revoluciones impositivas, intolerantes con las diferencias o que busquen una sola manera de ver y vivir la vida. Si no una revolución de amor. Si de amor. Esa palabra tan cursi que parece que solo se usa en los sms de los quinceañeros o en los poemas vacíos de sentido que proliferan por la red. El amor es lo que debe dirigir nuestras vidas. El amor por la gente, por la tierra, por las diferencias, por las sonrisas, por la felicidad del que tenemos al lado. Sin miedo, sin rencor, sin odio, sin mentiras. Sólo si dejamos que el amor nos embargue y dirija nuestras vidas, conquistaremos el mundo. Sólo procurando el bien de los demás, obtendremos el nuestro. Jamás nosotros por delante. Jamás pisaremos a otra persona por conseguir algo para nosotros. Revolvamos los cimientos de esta sociedad, de esta civilización. Dejemos de buscar nuestro propio beneficio, inundemos este mundo de gestos valientes de personas que no tienen nada que perder y mucho que ganar. Tengamos por objetivo que ninguna persona de nuestro lado sufra y esté sol@. Hagamos de la humanidad nuestra familia, porque por la familia se es capaz de todo.

Pensadlo, un momento. Si solo tú y tu familia y amigos más cercanos se preocupan por ti, seréis unos pocos. Si toda la humanidad de preocupa por ti, ¿no sales ganando? Si cada uno nos preocupamos por cada quién que nos rodea, ¿no salimos ganando?

Hay recursos para todos. Bienestar para todos. Nuestro planeta está lleno de riquezas ¡y lo único que se nos pide es que la compartamos! ¿Tan difícil es?

Yo se que es posible. Lo es porque cada día en el que se nos echan encima todas esas noticias cargadas de dolor, se cuelan entre ellas algunas llenas de sonrisas, de solidaridad, de espíritu colectivo. ¡Cuántas cosas buenas podemos hacer! ¡Cuánta felicidad podemos repartir! ¡Solo tenemos que querer! Poner la otra mejilla no significa dejarte apalear. Significa contestar al odio con amor. Significa sonreír a quien te critica, elogiar a quien te insulta, amar a quien no te soporta. Cuando alguien te da una bofetada, espera otra, espera que alimentes su odio, su cólera, espera que le des la razón. Si tras una bofetada de la sociedad, tú devuelves un abrazo, este mundo ya habrá cambiado un poquito.

No nos dejemos llevar por el desánimo, las malas noticias, la injusticia, el sufrimiento.  Desgraciadamente, siempre habrá personas que actúen como muros y te hagan querer tirar la toalla. Pero el ejemplo contagia, y si conseguimos ser mayoría y aunar esfuerzos al final nadie podrá con la revolución. No dejemos que sean esos pocos los que nos conviertan en parte del problema. No contestemos con el corazón lleno de odio. Busquemos lo positivo de este mundo, las cosas buenas que hacemos y construímos cada día y potenciémoslas. Démonos una oportunidad. Rescatemos a la raza humana. Seamos instrumentos de cambio social, llevando por bandera nuestra sonrisa más sincera.

¿Podemos?

                                        

Os dejo un vídeo maravilloso que nos demuestra el poder que no nos creemos tener, y que lo que pensamos que son gestos sin importancia, son eslabones de una cadena que puede extenderse hasta el infinito. Si dejamos que el amor guíe nuestros actos este mundo se curará por fin del dolor que le hemos causado. ¿Acaso no merece la pena tener fe y luchar por alcanzar este fin?