sábado, 30 de mayo de 2015

Cuando el mueble no soy yo





Doña Catalina es una mujer coqueta. Tiene 73 años y odia que la llamen doña; es jóven aún. No se casó porque no quería ser una esclava de la casa. Le gusta mucho viajar e ir al teatro. Lee novelas de misterio a la hora de la siesta, cuando todo queda tranquilo. Todo esto en realidad yo no lo sé, porque ella no lo dice. Nadie le pregunta. Imagino estas cosas sobre ella mientras la miro sentada en la consulta de la neuróloga a la que acompaño hoy. Catalina no es mi paciente ni tendré la oportunidad de conocerla, así que invento su historia. Es algo que a veces me gusta hacer.


Catalina entra en la consulta mirando al suelo, suspirando y con la mirada perdida. Tiene una expresión triste, muy triste. La auxiliar la invita a sentarse. También entra su hermana y es a ella a quien se dirige la neuróloga. 

"¿Como está?" dice. La hermana de la paciente tarda unos segundos en contestar; imagino que no está segura de si debe contestar por Catalina.

La entrevista transcurre con las preguntas habituales: "¿sale sola a la calle? ¿se pierde por sitios conocidos? ¿se viste y se ducha sola? ¿comete errores cuando cocina una receta que domina? ¿reconoce vuestras caras?..."

Catalina mira al suelo y a sus manos, a veces a la mesa. Sus ojos están húmedos, pero no rompe a llorar. Suspira de vez en cuando pero bajito, sin interrumpir la conversación. La neuróloga aún no se ha dirigido a ella. 
Yo la miro de hito en hito. Veo la tristeza pintada en su cara. Creo leer algo de angustia. Me pregunto si se siente perdida. Me parece que sabe que ella es la paciente, pero no sé si sabe porqué la doctora la ignora.

Antes de que entrase en la consulta, yo ya sabía la sospecha diagnóstica: enfermedad de Alzheimer. Le habían hecho un test y varias pruebas: RMN, punción lumbar, y hasta un test genético. Todo era compatible. Hoy el objetivo de la consulta es confirmar la progresión clínica e informar del diagnóstico.

Pero aún nadie se ha dirigido a ella, a la paciente. La miro. Está triste y tiene una demencia. Pero está en la consulta y parece que aún conserva el contacto con el entorno. No está en una fase avanzada, aún sabe quien es y que ha venido al médico.
La entrevista continúa. Aún no le hemos preguntado a Catalina como está. No le hemos pedido permiso para preguntarle a su hermana sobre cómo la ve. La paciente está sentada en la consulta pero igual habría dado si no hubiera venido. La etiqueta de demencia a entrado en la consulta antes que ella y la hace invisible. Sorda, muda, irrelevante, tonta.

Catalina tiene una demencia de Alzheimer, pero la enfermedad aún no se ha apoderado de ella. Es jóven y seguramente aún consciente de lo que le está pasando. Debe estar asustada, tener preguntas. ¿No es ella la paciente a la que nos debemos dirigir? ¿No es sobre ella sobre la que estamos hablando y decidiendo? ¿Por qué hemos dejado de tratarla como una persona? 

Pienso todo esto mientras la neuróloga sigue haciendo preguntas y confirmando la sospecha. "Tiene despistillos" dice su hermana. "A veces al vestirse elige ropa que no es adecuada. Otras veces se equivoca con los ingredientes del cocido, cuando tiene una receta familiar que repite continuamente". Sobre todo, dice, les preocupa que tiene días de ánimo muy bajo. A veces no quiere comer.

La neurologa termina de escribir su informe y mientras lo recoge de la impresora, dice con tono monocorde "su hermana tiene Alzheimer". La aludida no cambia la expresión. La doctora entonces se sienta, y se toma la molestia de mirarla a la cara: "pero eso ya lo sabía, ¿verdad?". De nuevo la hermana de Catalina tarda en contestar. Ahora su rostro se altera un tanto. "Lo sospechábamos si, pero..." No continúa la frase. Supongo que querría decir que mantenían la esperanza de que no lo fuera, que aún es jóven... pero la neuróloga ya está mirando de nuevo al informe, y hace un rúbrica mientras explica que hay que poner tratamiento para evitar la progresión."Nos veremos en 6 meses" concluye.
No le dice que el Alzehimer no se cura y que les espera una época difícil; supongo que lo considera innecesario, ya que eso todo el mundo lo sabe... no se detiene a explicar mucho más, tampoco es cuestión de desanimar.

Mientras ocurre todo esto Catalina sigue actuando como el mueble que al parecer se supone que tiene que ser. Hasta que la neuróloga y su hermana se levantan, y entonces ella levanta la vista y de repente reacciona, "¿Tengo Alzheimer, doctora?" pregunta. Sus ojos ahora reflejan preocupación... y miedo. 

Ahora ya no es un mueble. Los muebles no hablan. Miro a la neuróloga, que por fin se dirige a ella.

"No, no, que va. Usted tiene fallos de memoria que hay que tratar. Le vamos a poner unas pastillas para que esté mejor" 

.....

Catalina mira a su hermana; parece no comprender. Salen de la consulta invitadas por la neuróloga, que después se sienta de nuevo al ordenador. La auxilar coje un folleto de un montón en el que reza "Consejos para familiares de pacientes con Demencia Alzheimer en fase moderada" y lo mete dentro de un sobre junto con el informe, que entrega a la hermana de Catalina.

Mientras a mi lado la adjunta revisa la historia clíníca del próximo paciente, yo aún pienso en Catalina. Pienso en sus ojos y en su rostro, donde ví emociones que no se han sabido abordar. Pienso en cómo tanto Catalina como su hermana han aceptado sin rechistar el rol que se les ha asignado durante la consulta. Pienso en las veces que he visto entrevistas parecidas, en el principio de autonomía y en el aún tremendamente presente paternalismo médico.
De repente noto que me duele la lengua... debo haber estado mordiéndomela los últimos 20 minutos.

martes, 10 de febrero de 2015

Reflexiones de un mueble en la consulta: parte 2


Primera parte aqui

....

Seguridad del paciente, claro que si, eso queremos todxs, que el paciente esté seguro ante los peligros de esta vida tan mala (los excesos, los malos hábitos, las malas decisiones, las enfermedades...) y para eso estamos aquí para PROTEGER a la gente de sí mismos oigan, y de las enfermedades sobre todo claro, que son el mayor mal de este planeta (no el hambre, ni la violencia, eso es menos malo todo el mundo lo sabe...). Y por eso cada vez más ofertamos a la gente pruebas de diagnóstico precoz y les hacemos controles, y los visitamos cuanto más mejor, y les recomendamos dietas, o cambio de hábitos, y a veces pastillas claro, incluso cirugías, para asegurarnos de que se mantienen sanxs.

Pues es que resulta que el grupo este tan majo de gente que se dedica al tema de seguridad contempla otra cosa bien distinta. Y es que lo que hacen es reflexionar sobre el daño resultante de las intervenciones médicas. De todas ellas. Porque cuando hacemos una revisión de estas "rutinarias" (esas que no cuestan nada, JA!) o pedimos una prueba "para prevenir" resulta que después tenemos que cargar con las consecuencias del resultado. Porque mientras la/el paciente espera la prueba está de los nervios y mientras espera el resultado ya ni te cuento. Pero es que si sale "indeterminado" y hay que repetir la prueba o hacer otra más agresiva para "quedarnos tranquilos" esx paciente a lo mejor no puede dormir de la angustia y como consecuencia estará de mal humor y como consecuencia igual se pelea con su pareja y al final acaba tomando pastillas para dormir o para la ansiedad porque así no puede vivir... Que digo yo que quien se queda tranquilo es quien pide la prueba, porque a quien se la piden no puede estarlo menos, ¿no?

Porque hemos machacado a la gente con que lo mejor que pueden hacer para mantener su salud es chequearse cada poco tiempo, no vaya a ser que se les estropee algo y después no llegamos a tiempo para solucionarlo. Pero ¿cuánta gente les ha advertido del daño que podemos hacer lxs médicxs? Cuando ofrecemos estos maravillosos screenings, ¿alguna vez hablamos seriamente y con la evidencia científica en la mano sobre los falsos positivos y las consecuencias de éstos? ¿o de la carga emocional y la muy probable cascada de erroes que puede conllevar hacerse pruebas y estudios de forma periódica estando SANX?

"Doctora yo me pongo en sus manos"  Es la frase más terrorífica que se puede escuchar en un centro médico. 
No por Dios, por Alá o por quien sea... no se ponga usted en mis manos. Ni en las de ningún sanitarix por favor. No se deje guiar ciegamente por profesionales que tenemos la mente perversamente influenciada por las enfermedades que vemos, estando usted totalmente sanx. E incluso si le hemos detectado alguna enfermedad, no renuncie a su derecho a informarse, demandar y discutir todas y cada una de las posibilidades terapéuticas, incluso la de no hacer absolutamente nada. No nos de carta blanca, por lo que más quiera, que el mayor experto sobre una enfermedad es quien la padece. Sus médicos están influenciados por muchas cosas: por la vertiente científica a la que son más afines, por sus creencias personales, por el sistema en el que se mueven, por el contexto socio-económico, por su situación laboral... muchas veces de forma insconsciente y libre de todo interés sí (al menos reconocido), pero hay que tenerlo en cuenta, ¿no le parece?

Hay tantas y tantas cosas de las que carecemos en medicina, tantas cosas que ignoramos y tantos errores y conductas nocivas que perpetuamos...

Si al menos tuviéramos interés por notarlas, en lugar de estar tan cegados echando la culpa a otrxs de lo que funciona mal...
Es culpa del sistema que no le da la cita a su debido tiempo, es culpa del gobierno que nos recorta presupuesto, es culpa de la gente que no se cuida y llegan pasados de rosca.... pero nunca es culpa nuestra por sobrecargar las consultas con pacientes sanxs a los que vamos a revisar "por si acaso", ni por ordenar cientos de pruebas complementarias o tratamientos de coste-efectividad más que dudosa, ni por no comprobar que el paciente ha entendido e interiorizado las opciones terapéuticas y ha tenido  el momento de expresar sus dudas y dar su opinión...  igual también es es un poco culpa nuestra que no se cumpla el principio de justicia por el que juramos velar al licenciarnos... 

Igual nos sentimos tan cómodos haciendo medicina con lxs sanxs (o generando enfermos controlables) que olvidamos dedicar tiempo a lxs realmente enfermxs; a la inmigrante diabética que siempre falta a las citas porque no puede permitirse dejar el trabajo para venir a la consulta, a la anciana hipertensa que nunca consigue objetivos terapéuticos porque tiene que decidir entre las pastillas y pagar el alquiler, al depresivo que rebota de especialista en especialista porque nadie entiende su dolencia... uff, con esxs no podemos lidiar. Nos formaron para hacer medicina no activismo social.

Igual es que si no abordamos la vertiente social, cada vez más presente y con más impacto en la salud de nuestras comunidades, la medicina se nos queda a medias y todo nuestro esfuerzo es en vano.


Elegimos una profesión al lado del sufrimiento, eso ya lo sabíamos. ¿Cuánto tiempo más vamos a ignorar que esta forma de hacer medicina está incompleta? ¿Cuándo vamos a reflexionar sobre lo que hacemos mal?

martes, 3 de febrero de 2015

Reflexiones de un mueble en la consulta: parte 1

Imagen obtenida del blog "Diario de a bordo"

Como quizás sepáis, como parte de mi formación para ser especialista en medicina familiar y comunitaria (para convertirme en médica de cabecera), he de rotar muchos meses por el hospital. Y digo muchos porque en global es más de la mitad del periodo de formación y también un poco por lo largo que se me hace a veces.

Si, cierto; para tener una buena formación en la todología que caracteriza a esta especialidad no está de más pasar por  el aro de las especialidades hospitalarias, ya que de todas puedo recoger un poquito y una idea general para aplicar en mi futura consulta de atención primaria. Pero lo que me escama, es que en cada servicio parecen tener clarísimo cuánto (no tanto el qué) tienen que enseñarnos para que no les saturemos las consultas con chorradas, pero rara vez crean un espacio para el aprendizaje bilateral, ni se les suele ocurrir pensar que quizás también hay cosas que pueden aprender de la medicina de familia y de nuestra manera de hacer las cosas (no hablemos de considerar la rotación de sus residentes por primaria...).

Y es que aunque MFyC probablemente sea la especialidad más heterogénea del mundo en cuanto a la gente que se dedica a ella y que cada médico o médica de cabecera puede actuar de una forma muy distinta, existen aspectos - no voy a decir inherentes a la especialidad, pero sí más visibles o de más peso - que si se trabajan redundan en una mucho mejor atención médica, relación con la/el paciente y de forma más tangible en una mayor eficiencia del sistema sanitario como tal.

Resulta que los médicos y médicas de familia nos preocupamos tanto por cosas como la comunicación con lxs pacientes, la justicia sanitaria y la seguridad del paciente que hasta tenemos dentro de nuestras sociedades científicas, grupos de trabajo de profesionales cuya misión es formar, actualizar y motivar al resto de profesionales para que tengan en cuenta y prioricen estos aspectos en su actividad clínica habitual.

Será por esto, y porque elegí hacer medicina de familia, por lo que en cada rotación hospitalaria no puedo evitar pensar cuántas cosas estamos haciendo mal. 
Y lo peor... que IGNORAMOS totalmente (o nos importa un pimiento) lo mal que lo estamos haciendo. Me horroriza. Me atormenta. Me escandaliza. 

Porque estos aspectos que he comentado anteriormente no solo brillan por su ausencia en la mayoría de las consultas si no que además no hay ni un mínimo interés por integrarlos en ellas. 

Vayamos por partes...

Todxs lxs médicxs somos expertísimos en comunicación asistencial ¿verdad que si? Nos presentamos siempre a lxs pacientes, mantenemos contacto visual, mostramos interés en lo que nos cuentan, prestamos atención al no verbal para percibir si se está entendiendo o no la información que damos... 
Porque si la gente no nos entiende es porque no pone atención, o porque no tienen dos dedos de frente hombre, si repetimos las cosas mil veces...
Yo le informo, ya si usted no se entera no puedo hacer más mire; pregunte... pero no pregunte mucho que tengo gente esperando fuera y que comer corriendo para ir a la privada esta tarde. Y total para las tonterías que me va a usted a preguntar pues mejor no perdemos el tiempo. Se viene con su hijx universitarix que seguro que se entera de todo y después se lo explica... 

Cuántas caras pintadas de dudas he visto salir de las consultas de especializada... cuántas preguntas se han quedado en el aire o han sido interrumpidas por tecleo de ordenador o el ruido de la impresora, cuántas veces he tenido la tentación de intervenir al observar como el paciente atendido era el del ordenador y no el de carne y hueso frente a mi... 

Y es que créanselo, hay especialistas (también de primaria, ojo) que podrían pasar la consulta directamente al ordenador; la presencia del paciente es totalmente innecesaria y hasta molesta (no me llaméis exagerada, que esta última frase me la dijo tal cual un médico cachitólogo. Tal cual).

......

Pero es que al menos lo de mejorar la comunicación está en boca de la gente, e incluso hay valientes que la demandan: "mire usted yo lo único que le pido a lxs médicxs es que me traten bien"... pero es que te pones a hablar de seguridad del paciente y entonces ya es cuando alucinas.
Pero esa parte la dejo para otro día, que da para seguir un rato y ya me ha quedado esta entrada muy larga.

CONTINUARA...

viernes, 6 de junio de 2014

A mis Resis Peques

Nuestra cueva particular en el hospi
 En mi hospital las guardias de urgencias para los residentes se dividen en 2 partes. Las guardias de triaje o baja prioridad tipo consulta médica, y las guardias de boxes o de alta prioridad (urgencias de verdad – casi siempre). Las guardias de triaje se reservan para los R1, y yo ayer hice la última. La nueva promoción de resis se ha ido incorporando estas últimas semanas, y han estado viniendo de “mochilas” a las guardias para ver el funcionamiento y tener un primer contacto con alguien cercano de referencia. A mi me ha tocado ser “profe” un par de veces y después de esta experiencia, hoy me apetece dirigirme a toda esta gente, mis “Rs” pequeñ@s.

Me vais a permitir que me centre un poco más en quienen han elegido MFyC porque seguirán un camino más parecido al mío y que hable en femenino, ya que todas las que han elegido mi hospital este año, son “ellas” :) Sirva también para cada resi que empieza este año que encuentre en estas palabras algo con que quedarse.

Mis queridas Resis pequeñas: aunque éste sea nuestro apelativo cariñoso para vosotras, sabed desde el primer día que no sois pequeñas, si no GRANDES. Sois grandes por haber llegado hasta aquí y (si me permitís un gesto algo vanidoso) por haber elegido esta maravillosa especialidad que es Medicina Familiar y Comunitaria.

Los primeros pasos como médicas de verdad, detrás de los libros y enfrente de una mesa y de un paciente real, son difíciles. Tendréis miles de dudas, inseguridades, olvidaréis cosas tan básicas como hacer una exploración neurológica a un paciente que llega con mareo, o preguntar por el hábito de fumar a una persona que acuda por tos de varios días. Querréis apuntar todo para no olvidar nada, y aún así os preguntarán por las constantes o las alergias, y no será lo único que os haya faltado por indagar. Las primeras guardias son estresantes, duras, experimentas un cansancio físico y sobre todo mental al que probablemente nunca te hayas enfrentado antes y sientes que detrás de ti hay miles de ojos inquisidores esperando a que cometas algún fallo para reprochártelo o recordarte que realmente no sabes nada. Te darán miedo l@s adjunt@s y también los y las pacientes. Queridas resis pequeñas, no pasa nada, ¡es normal! Aquí donde me ves y me has visto, segura y resuelta, comentando pacientes en el pase de guardia o discutiendo formas de actuación con alguna adjunta, también he sido (y aún soy) torpe y olvidadiza, he sido rescatada por enfermería en multitud de ocasiones (y las que quedan!), y he sentido que lo que creí aprender en mis años de carrera, en algún momento entre acabar el MIR y empezar a currar, desaparecieron en un pozo negro irrecuperable. Me he sentido inútil, pequeña, lenta, torpe. Me he planteado mil veces si soy o llegaré a ser alguna vez una buena médica o me quedaré en mediocre tirando a peor. Cuando te sientas así o el estrés o la responsabilidad de tener pacientes a tu cargo te sobre pase, mira hacia arriba a tus Rs mayores y piensa que todo eso lo hemos pasado antes, que estamos ahí para echarte un cable con lo que sea (¡¡no existen las preguntas tontas!!) y que aún nos sentimos como tu en múltiples ocasiones. En estos momentos, párate, respira y apóyate en tus coerres (que están igual de asustadas que tu) y busca ayuda en quienes te preceden y en los adjuntos y adjuntas que tienen la obligación de encargarse de ti, porque NADIE empieza este trabajo sabiendo y TOD@S tenemos derecho a tropezarnos y a conducir lentos y torpes con la “L” puesta.

Las guardias de urgencias, que acaban recayendo principalmente en residentes de MFyC, pueden gustarte más o menos, pero son parte esencial de nuestra formación, primero porque es una de las salidas más comunes al terminar la residencia, y segundo porque durante las mismas estás tu ante tu paciente, cara a cara y sin intermediarios. Desde el primer momento empiezas a manejarte con la entrevista clínica y la exploración, adquieres al paciente como tu responsabilidad y despierta poco a poco la médica que llevas dentro (que está por ahí, de verdad). Lo bueno de empezar por guardias de baja prioridad, es que son pacientes con quejas como las que se resuelven diariamente en atención primaria, o sea que son perfectas para adaptarte al tipo de consulta y paciente que verás en tu centro de salud.

Durante las rotaciones, estarás siempre tutorizada, casi de la mano, y aprenderás de ver-escuchar-compartir, pero nada comparado con el salto al vacío y sin paracaídas de las guardias de urgencias. Ése va a ser el verdadero despertar como R1, y será brusco. De nuevo para, respira y piensa en esto:
eres GRANDE, pero has de hacerte pequeña. Pequeña para no centrarte en ti y en tus dificultades si no en cada paciente y su sufrimiento. Toda persona que viene a urgencias sufre. Muchas serán quejas banales que criticarás, pero piensa siempre con humildad, con perspectiva: la mayoría de pacientes no tienen formación sanitaria y nadie se ha parado a educarles en ello. Aprovecha las consultas banales para aprender a hacer una buena historia clínica, para explorar todo lo que te apetezca y palpar y escuchar lo que es normal. Aprovecha para fijarte en las caras y diferenciar la preocupación del miedo, el dolor de la queja, la desconfianza de la incomprensión. Aprende a conocer a la persona que necesita un tratamiento únicamente basado en escucha activa, y a la que tiene un problema social de base que condiciona toda su patología médica. Indaga en los rostros, expresiones, actitudes y destapa motivos ocultos de consulta, reconoce a las personas que solo buscan consuelo o información que ningún especialista le ha sabido transmitir, y a las que hay que educar para acudir antes a su centro de primaria que al servicio de urgencias (que también es nuestro trabajo!).

Aprende a preguntar siempre a cada paciente su opinión sobre el tratamiento que quieres ponerle, sobre las pruebas que vas a realizar, tómate tiempo para aprender a dar información inteliglible para personas sin formación médica (que somos muy de palabrejas!), busca las señales que te permitan darte cuenta de que algo no va bien; puede que no te estén entendiendo o que no estén de acuerdo con tu proceder.

Aprende a respetar la intimidad cuando explores, nunca dejes que tu mirada refleje tus prejuicios, oculta toda mueca de desagrado ante el mal olor y la higiene deficiente, ante el cuerpo deteriorado por los malos hábitos o la vejez y la enfermedad, porque ese es el perfil de pacientes que quizás más necesite de tu atención, de tu compromiso. No es el cuerpo limpio y cuidado el más enfermo. Elegiste una especialidad al lado mismo del sufrimiento, la miseria y la distocia social. 

Recuerda el principio de autonomía que tanto nos machacaron en la carrera, ahora debe ser tu máxima, así como el de no maleficiencia. Tu paciente tiene derecho a decidir sobre lo que se va a hacer, tiene derecho a rechazar la analgesia, a quedarse en el hospital, o incluso un pinchazo. Nunca juzgues porque cada cual tiene sus circunstancias y sus prioridades, y a pesar de ello tu nunca debes abandonarles ni repudiarles. Respeta de verdad su derecho a tomar alternativas y ofréceselas, nunca hay un solo camino correcto ni el nuestro es siempre el mejor. Aunque parezca mentira, es peor una mala comunicación que un mal proceder. L@s pacientes entienden y perdonan los errores, que los cometerás (que haya que pinchar 2 veces por que se te olvide pedir un tubo, que pidas una radiografía al paciente equivocado...) pero no hay escusa si no has contado con su opinión o no le has informado en todo el proceso. Ponte en su piel, seguro que alguna vez has estado en urgencias como paciente.

Utiliza la sonrisa y la empatía como armas contra el cansancio, el estrés y la incertidumbre. Comunícate con cada paciente con honestidad y humildad, reconoce ante ellos tus limitaciones propias y las del servicio en el que trabajas (entenderán que urgencias no es el sitio idóneo para iniciar un estudio de un proceso prolongado en el tiempo). La mayoría entienden e incluso agradecen que les hables con claridad, sin ocultar nada por miedo a parecer mal profesional o poco resolutivo. Y quienes no lo entienden, tienen un problema de frustración que no debes hacer tuyo.

Recuerda: sonríe, observa, mira a los ojos, nombra, escucha de verdad, comunícate con honestidad y de igual a igual, acércate sin prejuicios. Hazte respetar sin imponerte; deja claro que los apelativos chiqui, guapa, nena o similares no son los adecuados si vislumbras una connotación que no te gusta. Es necesario que te vean como a una profesional para que tomen en serio tus recomendaciones y entiendan que están siendo atendidos por alguien con conocimientos adecuados para resolver o al menos orientar su problema. No dejes que pregunten “¿y cuándo vendrá el médico?” ¡Preséntante!

Y si has llegado hasta aquí, tras esta parrafada, espero sinceramente que encuentres en ella algo que te ayude a aprovechar este primer año de chocazo contra la realidad de esta maravillosa pero intensa y compleja profesión, sobre todo si has sido tan valiente y afortunada de elegir MFyC. No es una profesión fácil, pero si lo que describo por ahí arriba te ha puesto los pelos de punta en algún momento créeme que no te has equivocado. Ninguna como la nuestra para contactar con la humanidad de otra persona de manera tan intensa y gratificante. Ninguna tan cerca, tan de la mano, tan orientada a manejar cada rincón del ser humano (bio-psico-social-espiritual), sin excepción, sin “largadas”.

Gran responsabilidad, gran exigencia de compromiso pero también inmensa y continua satisfacción tras cada sonrisa, apretón de manos, o agradecimiento de ese o aquella paciente.

¿Miedo? No!! Ahora empieza LO MEJOR.



Con cariño,

tu resi mayor (que aún se siente pequeña)

lunes, 27 de enero de 2014

El hombre invisible


Me pongo a escribir estas líneas hoy porque necesito hacerlo. En mi cabeza se amontonan pensamientos, sentimientos, palabras a las que tengo que dar forma, para despedirme de alguien que se ha ido sin avisar, alguien que no tenía que haberse ido aún.

Pasé en la facultad de medicina 6 años de mi vida. Aún recuerdo muy bien el día que entré, la sensación con la que pisé por primera vez el edificio. Recuerdo el cúmulo de emociones que se arremolinaban dentro de mi aquellos primeros días, lo feliz que me sentía, lo afortunada que me creía por haber conseguido llegar a ser alumna de medicina.
De la facultad tengo muchos recuerdos, muchísimos. Cuando pienso en ella veo un edificio amarillo que aunque ahora se cae a cachos, fue una casa para mi. Veo las caras de parte del profesorado, quienes más sonreían, aquell@s que me trataban como a una igual o quienes con sus ojos ponían fe en mis aptitudes. Recuerdo al personal de reprografía y cafetería, personas que nos salvaban la vida a base de recolectar nuestros apuntes o proporcionarnos esa tostada que sabía a gloria tras una clase infumable. Me quedé con sus sonrisas, sus maneras amables, su empatía para con nuestro sufrimiento cuando no salían los temas a tiempo o el café no llegaba en los 5 minutos que teníamos de descanso.

Había una persona en la facultad que para mí era casi el espíritu mismo del edificio y del cual dependía su funcionamiento. Una persona sin la cual yo no puedo imaginarla, sin la cual me cuesta pensar que pueda seguir adelante sin desmoronarse. Hoy esa persona ha fallecido.

Y yo no me lo puedo creer.
No puedo creer que ya no esté allí. No puedo creer que la facultad pueda seguir funcionando sin él. No puedo imaginar mi facultad si él no está de un lado a otro, siempre con algo que solucionar entre manos.

Pedro sonreía siempre de forma socarrona. Pocas veces estaba quieto en un sitio, y jamás le vi sentado. Cuando le buscaba fingía que detestaba que le diera trabajo, pero nunca me sentía tan segura y tan tranquila como cuando sabía que las cosas que tenían que hacerse dependían de él. Era una de las personas más trabajadoras, eficaces y humildes que he conocido en mi vida. Y no era profesor ni tenía título. O sí lo tenía, pero yo nunca lo supe. Porque era muchísimas cosas. Era el hombre para todo, el que se conocía cada rincón del edificio, cada defecto, cada necesidad. Controlaba la ocupación de las aulas, los equipos audiovisuales, el mantenimiento. Nunca supe cuales eran exactamente sus competencias porque cuando tenía una petición para él, siempre la asumía. Él no era un "búscate la vida" o un "ven a pedírmelo después del café". Era una mirada comprensiva a lo que para mi era necesidad, una mano dispuesta, un "si se puede".

Yo quise dejar huella en la facultad desde el consejo de estudiantes. Quería llevar a cabo proyectos, tenía ideas, soñaba con un alumnado implicado en su formación, con cambiar la tendencía a tragar lo que masticaba por nosotr@s el profesorado y otras personas interesadas en llevar las riendas. Quería sembrar vocación, ilusión por una meta. Quería que se nos escuchase y se nos pusiera como protagonistas en lugar de como espectadores/as. No era fácil llevar a cabo esa tarea, ni sacar adelante las actividades que se nos ocurrían. Pero siempre tuvimos un aliado maravilloso. Pedro era la primera persona a la que yo acudía con alguna de esas locas ideas, y él las escuchaba, las criticaba, les ponía pegas, y después las hacía realidad. Aunque no lo habría reconocido nunca, disfrutaba echándonos una mano, se encargaba personalmente de que todo fuera según lo previsto. Era un tremendo crack. Y yo le admiraba.

Recuerdo que un día le dije que él era quien llevaba las riendas de la facultad y se rió. Le dije que sin él la facultad no podría funcionar porque yo realmente creía que era verdad. Quise que fuera nuestro padrino de promoción, quise invitarle a la graduación porque él me había ayudado y enseñado mucho más que la mayoría de los candidatos. Pero sólo era el conserje (no me puedo creer que sólo tuviera ese título). ¡Claro que estará en la graduación! - me dijeron - Entre bastidores.

Y él se encontraba a gusto allí, en las sombras, entre bastidores. Nadie se fijaba en él ni en su trabajo porque no era protagonista de nada. Pero lo hacía posible todo. TODO.

Hoy los periódicos hablan de él como un hombre de mediana edad, el conserje de la facultad de medicina, un paciente del hospital, una víctima de una de esas enfermedades que encajan bien en un titular. Su fallecimiento es titular, su edad, incluso su nombre. Pero no hablan de él. Ningún periódico habla de él.
Me pregunto si en la facultad lo harán. ¿Habrá algún acto oficial, pondrán su nombre a algún aula? ¿Sería así si el fallecido hubiera sido un profesor o profesora? Muy probablemente si...

He decidido escribir sobre él porque nunca le dije lo mucho que me ayudó en mis años como estudiante de medicina. Nunca le dije cuánto le admiraba por hacer su trabajo como nadie, por su disponibilidad, por sus formas, porque jamás lo dejaba para luego, porque echaba más horas que nadie a pesar de lo poco que se le valoraba y agradecía. Pedro era invisible y lo sabía pero debía adorar nuestra facultad y creo firmemente que adoraba a sus estudiantes.

Para mi, su ejemplo fue una de las lecciones más importantes que me llevé de aquellos años. Su forma de trabajar incansable, desde las sombras, con la satisfacción de un resultado exitoso como única recompensa. Sin laureles, sin gloria, sin titulares, sin reconocimiento. No era médico ni salvó vidas (o eso creo) pero dejó huella en algunas. Al menos lo hizo en la mía.

De verdad y de corazón espero que lo sepas, Pedro. En tu vida quizás fui una anónima estudiante, una más de tantas que viste crecer y salir de allí titulada. Quizás supe hacerte llegar lo mucho que me ayudaste esos años, lo mucho que me allanaste el camino y las fuerzas que me diste para perseguir mi meta.

Irónicamente te despides de la facultad y de este mundo en un titular. Este es mi humilde homenaje, porque es tu vida y no tu muerte lo que dejará huella. Para mi hoy la facultad queda vacía de espíritu y vacante de corazón. GRACIAS Pedro por haber formado parte de su engranaje tantos años. GRACIAS por todo lo que hiciste posible con tu esfuerzo. GRACIAS y hasta siempre. Mil gracias.